El proyecto de las cartas PdT (acrónimo de Parlami di Te, “háblame de ti”) es un producto creativo nacido del encuentro entre tres ámbitos principales: la filosofía de las ciencias cognitivas, la psicología y la fotografía. Por ciencias cognitivas entendemos aquella gran revolución intelectual —vinculada también a los éxitos de las neurociencias— que sentó las bases para una visión diferente del funcionamiento de la mente y de los procesos que sustentan el conocimiento del mundo y del ser humano, reformulando preguntas tradicionalmente filosóficas: ¿qué es la mente? ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo comprendemos a los demás? ¿Qué papel tienen las emociones? Constituida oficialmente como campo en 1977, la ciencia cognitiva se propuso, junto con otras disciplinas empíricas como la cibernética y la inteligencia artificial, sacudir radicalmente formas arraigadas de pensar sobre nosotros mismos. Cuerpo, cerebro y mente, inicialmente tratados como antagonistas, volvieron a encontrarse e integrarse gracias a desarrollos posclásicos que, por una parte, situaron la cognición en la arquitectura cerebral y, por otra, la extendieron no solo al cuerpo sino también al entorno. Aquí entran en juego las emociones y la dimensión relacional. A grandes rasgos, la psicoterapia se basa en la comunicación interpersonal y presupone un modelo de la mente —como ocurre, por ejemplo, en la psicología dinámica y en su distinción topográfica entre consciente, preconsciente e inconsciente—, además de un modelo de la conciencia y de los sentimientos que se ponen en juego dentro del encuadre terapéutico. De aquí surge la intuición de atribuir a la fotografía, con sus códigos artísticos y expresivos, el papel de un verdadero instrumento de acceso a la interioridad. Estos ámbitos constituyen nuestro trasfondo cultural y ofrecen el marco teórico dentro del cual el proyecto tomó forma y maduró. La referencia principal que orienta el trabajo que queremos presentar, junto con la importancia que Antonio Damasio atribuye a las emociones en los procesos intelectivos y decisionales, es la narración o, usando el término inglés, el storytelling.

TEORÍAS DE LA CONCIENCIA Y DEL YO

El término storytelling designa el acto y el arte de narrar, de contar historias. Además de constituir un elemento imprescindible en las obras de ficción, el storytelling puede entenderse como una de las formas mediante las cuales el ser humano organiza y comprende su propia experiencia. En este sentido, está estrechamente relacionado con nuestro “sentir que existimos”. Cada uno de nosotros posee un sentido del yo, un “yo” al que le ocurren las cosas y que actúa como espectador. Por ejemplo, cuando vemos un objeto, escuchamos un sonido, olemos un perfume o tocamos una superficie áspera, el conjunto de esas percepciones se refiere a un sujeto que es consciente de estar experimentándolas. Del mismo modo, cuando realizamos una acción o tomamos una decisión orientada a un objetivo, entran en juego simultáneamente dos procesos que, según el neurocientífico portugués Antonio Damasio, poseen una base biológica y cerebral. Por una parte, para planificar una estrategia de comportamiento mediante el razonamiento práctico, es necesaria la conciencia del acto que se está realizando; por otra, el cerebro construye una representación de orden superior gracias a la cual aquello que planifica y actúa se constituye como un “yo” dotado de continuidad en el tiempo. El sentido del yo emerge de la actividad coordinada de múltiples regiones cerebrales: ambos hemisferios, las cortezas prefrontales ventromediales, las áreas somatosensoriales y, especialmente, las estructuras implicadas en el sistema límbico. Damasio subraya así que, además de las imágenes que tenemos mientras leemos, de los signos negros que distinguimos sobre el papel blanco, de la textura de las hojas y de otros estímulos captados por terminaciones nerviosas conectadas con cortezas sensoriales de orden inferior, aparece otra presencia: nosotros mismos. Como observadores de las cosas imaginadas y potenciales actores respecto de ellas, podemos sentir lo que nos sucede cuando el estado de nuestro cuerpo se modifica por las interacciones tanto con el entorno externo como con el interno. El problema neurobiológico de la conciencia se refiere, por tanto, a cómo se genera la “película” en el cerebro y a cómo el cerebro genera “la sensación de que la película pertenece a quien la observa”. El Yo no es discreto e inmutable, como querría cierta tradición racionalista de la filosofía, sino dinámico y procesual: se construye en el tiempo mediante la narración, que proporciona al individuo conciencia del pasado y del futuro. Damasio distingue entre conciencia nuclear y conciencia extendida. La primera, tal como la aborda en Y el cerebro creó al hombre, proporciona al sujeto un sentido del yo limitado a la experiencia del momento presente y no constituye una prerrogativa exclusiva de la especie humana. La segunda, articulada en distintos niveles y grados, permite al organismo desarrollar un yo más complejo y duradero. Dentro de esta se sitúa la conciencia autobiográfica. Gracias a ella nos percibimos, ante todo, como personas: sujetos autobiográficos con una identidad caracterizada por recuerdos personales, por la suma de las experiencias de nuestra vida y por los proyectos construidos para el futuro. El yo extendido se nutre de todo el horizonte de nuestra historia memorizada, tanto remota como reciente. Esa historia incluye situaciones sociales en las que hemos participado y que nos han formado, así como situaciones de las que habríamos deseado formar parte. Incluye también recuerdos que conservan, como afirma Damasio, las experiencias emocionales más refinadas y aquellas que pueden recibir el nombre de espirituales. El yo autobiográfico lleva una doble vida: puede hacerse explícito, dando lugar a la mente consciente en su expresión más elevada, pero también puede permanecer dormido a la espera de activarse. La conciencia nuclear, que Damasio fundamenta en la representación interoceptiva, homogénea y constante del estado interno de las vísceras —el milieu—, constituye un patrimonio universal de los seres vivos porque no requiere ni memoria convencional ni memoria de trabajo. La conciencia extendida, en cambio, necesita memoria y mecanismos cognitivos avanzados como el pensamiento racional y el lenguaje. El lenguaje es, en particular, necesario para la forma más sofisticada de conciencia: la autonarración. La narración es capaz de representación simbólica. Nuestros antepasados humanos más cercanos, hace aproximadamente doscientos mil años, ya producían pinturas rupestres, esculturas y grabados en roca, además de realizar rituales funerarios elaborados que exigían una preparación especial del cadáver. Estas conductas serían difíciles de explicar si no hubiera surgido ya un interés explícito por la vida: un intento de preguntarse por la propia posición en el universo e interpretar la existencia, atribuyéndole no solo un valor intelectual sino también emocional. Esa emoción puede traducirse como maravilla o asombro, acompañada a la vez de temor: el thauma de Aristóteles. Los primeros signos de maduración del yo pueden encontrarse, por tanto, en la arqueología y en los estudios sobre poblaciones antiguas. Toda huella histórica de dispositivos significantes y narrativos señala la presencia de un yo extendido y autobiográfico: un yo que depende de la capacidad del cerebro para conservar amplios registros mnésicos relacionados no solo con capacidades motoras, sino también con hechos y acontecimientos personales que constituyen el armazón de la biografía, de la personalidad y de la identidad individual y que finalmente desembocan en una identidad colectiva mediante mitos, religiones y estructuras destinadas a gestionar y gobernar el comportamiento social, como la economía, los sistemas jurídicos y la ciencia. Para aclarar aún más la distinción entre conciencia nuclear y extendida de Damasio, podemos recordar una teoría similar desarrollada por Gerald Edelman. El biólogo habla, respectivamente, de conciencia primaria y conciencia de orden superior. La conciencia primaria está compuesta por experiencias fenoménicas como las imágenes y, a diferencia de la conciencia de orden superior, se encuentra ligada a un tiempo cercano al presente medible. Además, carece de un concepto de sí mismo y de conceptos del pasado y del futuro y, sobre todo, no puede ser objeto de un informe individual directo. Desde esta perspectiva, el storytelling adquiere una función adaptativa porque constituye un instrumento mediante el cual la mente ordena los acontecimientos de la realidad, tanto externa como interna, los hace inteligibles según una lógica de sentido e integra la información para producir una sensación de unidad de la experiencia en primera persona. Kant, incidentalmente, habría podido definir esta operación como un ideal regulativo de la razón.

EJEMPLOS DE NARRACIÓN DEL YO

El acto de narrar y de narrarse es una práctica cotidiana presente en todos los ámbitos de la acción humana. Las emociones y los recuerdos, en particular, encuentran en el storytelling uno de sus canales privilegiados de expresión. El pensamiento narrativo es un verdadero taller de sentido: genera significados y valores multidimensionales, interpretables desde múltiples puntos de vista, y hace que la experiencia vivida pueda comunicarse en el plano intersubjetivo. La narración puede producirse a nivel individual —como cuando artistas y escritores crean obras sublimando sus impulsos— o a nivel colectivo. Un ejemplo relevante lo ofrece el recorrido psicoterapéutico. Quien inicia una psicoterapia está llamado a compartir con el terapeuta su historia de vida, hecha de alegrías, dolores, éxitos, fracasos, pérdidas, conquistas y oportunidades perdidas. Narrarse, en este contexto, no sirve únicamente para identificar las raíces del malestar y reducir el efecto perjudicial de los síntomas; también permite reorganizar episodios que han permanecido incomprendidos o fragmentados, de modo que sea posible dirigirse al futuro con mayor conciencia y con recursos renovados. El propio Freud, en su concepción de la intervención psicoanalítica, sostuvo que la desaparición de los síntomas era un fenómeno secundario y accesorio frente al enriquecimiento de la personalidad producido por el conocimiento —o quizá sería mejor decir redescubrimiento— de contenidos reprimidos. Independientemente de la orientación o de la escuela de pensamiento, la psicoterapia puede entenderse en general como una práctica de storytelling. A partir de imágenes o recuerdos particularmente significativos, el sujeto inicia una reconstrucción narrativa de sí mismo, sostenido por la escucha atenta e interesada del terapeuta. Un paso crucial consiste en reconocer que, dentro del encuadre interactivo con el terapeuta, el paciente tiene la posibilidad de construir nuevas narraciones y superar la rigidez de su propio punto de vista, actualizando así su visión de sí mismo, de los demás y del mundo. A menudo, los trastornos psicológicos de etiología inespecífica indican una situación de estancamiento, un bloqueo del flujo vital, la repetición del mismo guion con el que nos presentamos al mundo. Cada uno interpreta un papel, como en el teatro, y algunos papeles nos quedan demasiado estrechos o no expresan plenamente nuestro personaje. Con frecuencia se trata de roles heredados de la familia que reproducen dinámicas desadaptativas de nuestra infancia o de nuestros padres. Carl Gustav Jung señaló que los hijos pueden poner en escena los conflictos no resueltos de las figuras parentales. Son guiones que necesitan ser revisados y actualizados mediante nuevas “soluciones dramáticas”. Para estos fines existen numerosas técnicas capaces de favorecer la reestructuración narrativa y que encuentran correspondencias en campos aparentemente muy alejados entre sí, como la magia, la música, la literatura y la psicología de la Gestalt.

Desde un punto de vista histórico y evolutivo, la magia encarna una de las primeras formas de pensamiento simbólico y puede entenderse como una especie de dispositivo semiótico capaz de producir sentido y alivio terapéutico. Un ejemplo emblemático es abracadabra, término de origen místico documentado en el Liber Medicinalis de Quinto Sereno Samónico, médico romano y hombre de letras que también fue tutor de Geta y Caracalla. La palabra se grababa en amuletos, se escribía y repetía de arriba abajo dentro de figuras triangulares con la punta dirigida hacia abajo. En cada nueva línea se eliminaba una letra hasta que la palabra desaparecía por completo, simbolizando la extirpación del mal para el cual se había creado el amuleto. En la intervención clínica, la repetición puede desempeñar una función análoga porque pretende reducir el impacto emocional de recuerdos dolorosos que alteran el bienestar psicofísico. La construcción del amuleto, con su función apotropaica de protección frente a las amenazas, puede leerse metafóricamente como una sesión de psicoterapia, mientras que la disminución progresiva de la influencia negativa recuerda una técnica narrativa: el diminuendo. En música y musicología, el diminuendo indica una reducción gradual de la intensidad de uno o varios sonidos, y la desaparición del sonido puede constituir su resultado extremo. La analogía entre prácticas tan diferentes —una impregnada de animismo primitivo y la otra fundada en el empirismo— no debe llevarnos a concluir erróneamente que sean equivalentes. La comparación sirve únicamente para iluminar su mínimo común denominador: la necesidad ancestral del ser humano de dar sentido a su condición existencial tejiendo historias y tramas que, en un principio, lo llevaron a creer que podía influir y dominar las fuerzas de la naturaleza mediante la voluntad y actos ocultos. Junto al diminuendo encontramos otras modalidades, como el crescendo, que puede ponerse en relación con la exposición gradual a estímulos en las terapias cognitivo-conductuales, o el extrañamiento literario, mediante el cual un elemento aparece de repente en la trama de la narración, destaca y se convierte en un nudo crítico de la memoria. Teorizado por el dramaturgo Bertolt Brecht, el extrañamiento puede entenderse como un procedimiento artístico destinado a impedir la identificación del espectador al presentar la realidad, en el espacio ficticio del escenario, de una forma insólita y desestabilizadora. En prosa, su equivalente designa una serie de artificios lingüísticos mediante los cuales el escritor revela aspectos inéditos de una realidad conocida. En psicoanálisis, el extrañamiento se produce cuando, dentro del flujo de asociaciones libres, reaparece una idea aparentemente absurda que provoca vergüenza o incomodidad. En las primeras formulaciones freudianas —y también en el trabajo de Jung si pensamos en sus pruebas de asociación verbal— la verbalización sin racionalización facilita el retorno de contenidos inconscientes censurados. Impulsos de deseo infantil que inicialmente parecen inaceptables para el yo adulto pueden, gracias a la madurez, hacerse manejables en lugar de resultar hostiles o abrumadores. La energía de esos impulsos deja de bloquearse y se dirige hacia una meta más elevada y no sexual: del extrañamiento se pasa entonces a la sublimación. Mediante recursos como el diminuendo, el crescendo y el extrañamiento, el storytelling puede activar un mecanismo de influencia y reestructuración de la experiencia narrada, tanto en psicoterapias breves como prolongadas, especialmente dentro de enfoques de orientación constructivista. Aunque la psicoterapia constituye, conviene subrayarlo, un lugar privilegiado para la “producción del yo”, el storytelling también funciona como dispositivo de atribución de sentido en otros contextos intersubjetivos que no persiguen una finalidad clínica o médica. En ámbitos educativos y de orientación, por ejemplo, las personas están llamadas a dar significado a su “mundo de la vida”, seleccionando episodios y competencias y organizándolos en una trama coherente con las potencialidades de cada individuo. La coordinación de contenidos a los que se atribuyen valores está vinculada a la actividad del yo autobiográfico que, para Damasio, depende de dos mecanismos conectados. El primero está subordinado al yo nuclear y garantiza que cada conjunto de recuerdos biográficos sea tratado como un único objeto y se haga consciente, es decir, disponible para ser nombrado. El segundo se introducirá cuando abordemos las imágenes. Por ahora basta decir que cualquier contenido cognitivo procesado por el cerebro es evaluado automáticamente y asociado a un valor basado tanto en disposiciones originarias —supervivencia, conservación y adaptación del organismo— como en disposiciones adquiridas mediante el aprendizaje a lo largo de toda la vida. La atribución de valor determina también la coloración emocional de un recuerdo en el momento de la narración. En términos más amplios, podemos decir que las técnicas de storytelling permanecen activas, a menudo de forma silenciosa e implícita, cada vez que dos o más personas establecen una relación basada en la confianza y la reciprocidad. La identidad y el yo, en efecto, no se determinan en el vacío, sino a través del reconocimiento y de la respuesta del otro, como Damasio ha mostrado críticamente en su confrontación con el dualismo cartesiano. Para el Descartes de las Meditaciones metafísicas, mente y cuerpo son dos sustancias, dos res, completamente diferentes. Una es indivisible y siempre idéntica a sí misma; la otra, al estar compuesta de partes materiales, es divisible, cambiante y mortal. La mente es la sede del pensamiento, de las ideas claras y transparentes y de la racionalidad, mientras que el organismo es el escenario de estados de ánimo, sensaciones y pasiones. Para el filósofo francés, las pasiones pueden obstaculizar el juicio correcto y desviarlo. Para el neurólogo portugués, en cambio, emoción y razón, mente y cuerpo, forman parte de un único todo orgánico. Las emociones son programas complejos y en buena medida automáticos de acción, desarrollados por la evolución; el mundo de las emociones es, por tanto, un mundo de acciones realizadas en y sobre el cuerpo, desde las expresiones faciales y las posturas hasta las modificaciones de los órganos internos. A cada emoción corresponde un estado corporal que comporta alteraciones químicas y orgánicas que, a su vez, repercuten en la mente y en las cualidades fenoménicas de cómo nos sentimos en un momento determinado. Además, el yo —la percepción de uno mismo como persona caracterizada por una experiencia y una historia propias— no posee una naturaleza aislada, sino interindividual: incluso nuestra manera de movernos, gesticular y relacionarnos con los demás lleva la huella de quienes nos criaron y cuidaron.

LAS IMÁGENES COMO MONEDA DE LA MENTE Y LA FOTOGRAFÍA

El segundo mecanismo que muestra la complejidad del yo autobiográfico realiza una operación de coordinación que comprende tres etapas, la primera de las cuales resulta especialmente útil para poner de relieve la función que la fotografía puede desempeñar en nuestro discurso. Dentro del yo extendido, algunos contenidos son evocados por la memoria y representados como imágenes. Estas imágenes interactúan ordenadamente con el protoyo o el yo nuclear, y los resultados de esa interacción se conservan en forma de recuerdos biográficos. Cada imagen recibe una marca de valor que se añade durante la percepción original, queda registrada y vuelve a activarse en cada nueva evocación. Esto significa que el cerebro filtra y marca, en función del valor, secuencias de acontecimientos y grandes cantidades de conocimientos pasados, de modo que los contenidos actuales se coordinan a partir de valores previamente establecidos. Pensemos en un niño que, frente a una fotografía, se siente inexplicablemente atraído por el amarillo. Podemos preguntarle qué tiene de interesante ese color. Responde que lo asocia con el verano porque lo relaciona con la alegría y con toda una constelación de sensaciones positivas. A partir de un estímulo visual, la retina y el aparato visual transmiten señales a cortezas de orden inferior y, según la hipótesis del esquema de convergencia-divergencia, esas señales se incorporan después a una red interconectada con las cortezas somatosensoriales, motoras y asociativas de orden superior para evocar recuerdos suscitados por el estímulo. El recorrido del estímulo sensorial pasa primero por núcleos del tronco encefálico, después por el tálamo y finalmente por la corteza cerebral, estructuras implicadas en la construcción del yo autobiográfico. Mediante la arquitectura de convergencia-divergencia, el cerebro transforma el conocimiento cifrado presente en el espacio de las disposiciones —recuerdos biográficos marcados por valores— en representaciones explícitas y descodificadas contenidas en el espacio de las imágenes. Dada la abundancia de registros de nuestro pasado vivido y de nuestro futuro anticipado, la instancia autobiográfica, aunque pueda emerger a la conciencia, funciona en gran parte de manera inconsciente o, con mayor precisión, automática. Para evitar confusiones con el inconsciente freudiano, las neurociencias suelen hablar de inconsciente cognitivo. Esto permite comprender el enorme peso que las imágenes tienen para nuestra identidad emocional, pues constituyen una de las principales monedas disponibles para la mente. Las prácticas narrativas se apoyan ampliamente en las imágenes porque los seres humanos piensan en gran medida mediante ellas. No existe producto artístico o intelectual que no tenga sus raíces en una actividad imaginativa. Por su naturaleza inmediata y preverbal, la imagen constituye un potente activador de procesos narrativos y creativos, porque intercepta el pensamiento antes incluso de su traducción lingüística. Una conexión relevante entre el storytelling, tal como lo hemos analizado, y el yo de Damasio consiste en que, en ambos casos, cuando las experiencias vividas son reconstruidas o reexperimentadas —durante un proceso consciente o no— su contenido es reevaluado y reorganizado y sufre modificaciones que, desde el punto de vista emocional, pueden ser mínimas o muy significativas. Durante este proceso, entidades y acontecimientos adquieren un nuevo peso emocional. En una sala de montaje, algunos fotogramas del recuerdo se dejan caer al suelo, otros se regeneran o restauran y otros se combinan, según los caprichos de la voluntad, en escenas inéditas o que quizá nunca fueron filmadas. La metáfora del montaje resulta adecuada en ambas situaciones porque la materia prima está formada por imágenes. Con cada año que pasa, nuestra historia se reescribe imperceptiblemente y los hechos del pasado pueden adquirir un nuevo peso en la memoria del yo. En términos generales, la propia instancia autobiográfica, sostenida por distintos sectores anatómicos implicados en la construcción de la mente consciente, está ocupada —gracias a capacidades desarrolladas por la evolución— en narrarse a sí misma y lo hace mediante imágenes. Las imágenes hablan un idioma anterior a la palabra. Antes incluso de que una experiencia adopte la forma de frases sintácticamente correctas, toma forma en un nivel más concreto y visual. Según las teorías lingüísticas de Chomsky, que contribuyeron al desarrollo de la ciencia cognitiva, los sistemas que hacen posible el procesamiento del lenguaje verbal están biológicamente instalados en el cerebro humano. En neurociencia, estos sistemas suelen asociarse con áreas funcionales del hemisferio izquierdo conocidas como áreas de Broca y de Wernicke. La primera participa en la producción articulada del lenguaje y en el procesamiento sintáctico; la segunda se relaciona principalmente con la comprensión del lenguaje hablado y escrito y con la atribución de significado. Aunque son indispensables para una comunicación verbal eficaz, estas áreas ocupan porciones relativamente circunscritas de la corteza cerebral. El lenguaje, aun permitiendo transmitir información y estructurar lógicamente la experiencia y el yo, no siempre basta para expresar aquello que una persona siente, piensa o quisiera decir. En muchas circunstancias, las palabras llegan tarde o no consiguen restituir toda la complejidad de la experiencia vivida. Las imágenes funcionan casi como un esperanto, un patrimonio compartido por los seres humanos tanto en el plano filogenético como ontogenético. De hecho, incluso la comprensión de proposiciones —frases con sentido completo susceptibles de ser verdaderas o falsas— o de peticiones se ve facilitada por representaciones mentales que no son exclusivamente lingüísticas, sino figurativas y analógicas. Si, por ejemplo, nos preguntan cuántos colores hay en la bandera italiana, qué aspecto tiene un pino de montaña o quién es más alto entre Silvia y Roberto, lo que hacemos es visualizar los objetos en cuestión y examinarlos con el “ojo de la mente”. Estas tareas cognitivas nos obligan a pensar visualmente, es decir, a reproducir experiencias semejantes a la percepción visual. En otros términos, tanto si proceden del organismo mediante la imaginación como si llegan del entorno mediante la percepción propiamente dicha, las imágenes son omnipresentes e implican la actividad del cerebro en su conjunto: memoria, lógica, razonamiento silogístico, capacidades visuoespaciales, sentimientos y emociones.

CONCLUSIÓN

Estamos convencidos de que las imágenes, y en particular las imágenes fotográficas, pueden favorecer la exploración de contenidos inconscientes difíciles de alcanzar mediante el diálogo verbal por sí solo, al tiempo que facilitan y acompañan la narración del yo. El adjetivo “fotográfico” remite a varias propiedades que acercan las fotografías a las imágenes sintetizadas por las células de la retina y a aquellas que sirven como alimento para la mente. En primer lugar, ambas son resultado de un fenómeno óptico: uno depende del ojo y el otro del objetivo. Ambas reflejan el punto de vista situado de una persona que, según su posición, las condiciones de iluminación y el funcionamiento del aparato visual, encuadra la realidad desde una perspectiva y no desde otra. Por último, las fotografías —especialmente las instantáneas de los álbumes familiares— pueden funcionar como recuerdos biográficos a los que las personas atribuyen un valor emocional proporcional a la situación representada, situación que después puede volver a elaborarse en una “sala de montaje” con el apoyo de co-guionistas expertos y cualificados.